Es muy probable que 2017 haya sido (y aún esté siendo) el año de los influencers. Los influencers han estado por todas partes. Por supuesto, han protagonizado la estrategia de las empresas y han entrado en sus posiciones en redes sociales, convirtiéndose en la última gran cuestión que todo el mundo emplea para triunfar en ese contexto. E igualmente por supuesto los influencers han protagonizado anuncios, estudios y conferencias. Han sido el gran tema sobre el que todo el mundo hablaba.

Este creciente interés por los influencers tiene su explicación. Los consumidores se fían cada vez menos de las fuentes tradicionales de información que las marcas empleaban para posicionar sus mensajes. Los anuncios, por ejemplo, se ven con mucha menos credibilidad de la que se veían… cuando acaban por ser vistos. Porque uno de los grandes problemas a los que se enfrentan marcas y empresas es el hecho de que sus mensajes se están perdiendo en medio de un boom de contenidos que los condena al olvido. Los anuncios tienen cada vez menos visibilidad y hasta sus mensajes orgánicos, como pueden ser actualizaciones de sus propios perfiles en redes sociales, acaban en medio de una avalancha de contenidos en los que resulta imposible llamar la atención.

Por eso, los influencers tienen sentido. Por un lado, los mensajes que publican corren menos riesgo de perderse en medio de todo el ruido de información que se mueve en internet. Por otro lado, los influencers tienen a su favor otra cuestión. Los consumidores se creen más lo que estos cuentan. Sus mensajes tienen un cierto sello de garantía. Al fin y al cabo, el influencer no es simplemente alguien con muchos seguidores en
redes sociales, sino más bien alguien que sabe de lo que está hablando. El influencer es la voz experta en un tema al que sus seguidores siguen porque lo toman como voz de referencia